¿EXISTE UN CODIGO EXTRATERRESTRE EN EL ADN HUMANO?

Extraterrestres podrían haber almacenado un código en nuestro ADN y un programador cósmico o mejor dicho "demiurgo" podría haber embebido un código en la supersimetría del universo. Anque esto sugiere la trama de las películas de ciencia ficción más populares de nuestra era, es también materia de las más relevantes investigaciones científicas, el punto de encuentro entre una estructura matemática subyacente en el universo y la existencia de un demiurgo programador.

"Aprendí que las criaturas de forma de dragón estaban estaban dentro de todos los seres vivos, incluyendo el hombre. Eran los verdaderos maestros de la humanidad y de todo el planeta, me dijeron. Nosotros humanos eramos los meros receptáculos y sirvientes de estas criaturas. Por esta razón me podían hablar, porque estaban dentro de mí. En retrospectiva uno diría que son casi como el ADN."
Michael Harner, The Way of the Shaman.

La idea de que nuestro ADN, ese libro biogenerador, no es el resultado de la aleatoria combinación de proteínas y aminoácidos (o letras), comúnmente ha sido del dominio de la simplista new age y de esa rama ígnara del creacionismo que germina particularmente entre los fundamentalistas religiosos. Pero no es del todo disparatada, como no lo es tampoco el principio antrópico, que sostiene que el fino equilibrio entre las constantes cosmológicas indica que el universo está diseñado específicamente para albergar la evolución de la vida. Habría que aclarar que entre la serie de posibilidades de un multiverso es poco probable que la inteligencia humana sea un subproducto de la entropía, el caos, el azar, sin mayor teleología que el choque de meteoros en el espacio.

En la actualidad aquel fervor religioso teísta se ha desdoblado en la ufología y en la exobiología: las pruebas de la existencia de "Dios" de los grandes doctores de la Iglesia, son hoy los estudios, aunque fatuos, del posiblemente fraudulento SETI (Search For Extraterrestial Intelligence), como primer acercamiento al misterio de lo inconmensurable. Evidentemente las pruebas de que la vida inteligente existe fuera del planeta Tierra no serían las pruebas de la existencia de una inteligencia creadora del universo, ni mucho menos. Pero dicha realización abriría la puerta a nuevas variables en el programa.

Aunque difícilmente respetados dentro de la ortodoxia científica, algunos científicos rusos o de países ex soviéticos han investigado campos anatema para lo que se conoce como el establishment. La paraspicología, la bioenergía, los fotones que emite el cuerpo humano y la exobiología son algunos de ellos. Recientemente Vladimir I. Shcherbak de la Universidad Al-Farabi de Kazajistán y Maxim A. Makukov del Instituto Astrofísico de Fesenkov han colocado en los medios masivos de comunicación la hipótesis de que existe una señal inteligente "escondida" en nuestro código genético, un mensaje semántico que pone en entredicho la ya a esta altura ridícula evolución darwiniana clásica. Lo que llaman un “SETI biológico” significaría un cambio de paradigma en la búsqueda de inteligencia exoplanetaria, más allá de una transitoria emisión radioestelar, ya que esta señal tendría una mucho mayor probabilidad de ser detectada debido a la longevidad, con la cual podría permanecer en nuestro código genético. Escribiendo en el jornal Icarus, quizá volando demasiado cerca del sol, los científicos kazajos escriben:
Una vez fijado, el código podría permanecer inmutable a través de escalas cosmológicas; de hecho, es el constructo de mayor duración conocido. Así representa un mecanismo de almacenamiento excepcionalmente confiable para una firma inteligente. Una vez que el genoma es reescrito apropiadamente, el nuevo código con la forma podrá permanecer congelado en la célula y su progenie, la cual podrá luego ser emitida a través del tiempo y el espacio.

Algunos aquí seguramente reconocerán la trama de la película Prometheus, o aquella tenencia epistemológica del new age obstinada en otorgar al “ADN basura” un estado inerte en espera de una especie de activación galáctica –encendiendo los codones restantes de la espiral ribonucleíca, hacia una nave dodecaédrica, sublimación del Logos (la serpiente que cobra alas). Esto, según el nuevo fólclor, a partir de pensamientos positivos, interacciones angelicales, transmisiones galácticas, crop circles y demás radiaciones secretas. Como si se volviera a probar, libremente, de la fruta del Árbol del Conocimiento. No es mi interés aquí desechar a manera de burla los preceptos del andamiaje de la filosofía de la nueva era, que no soporta argumento racional pero sí, acaso, argumenta con una fe radical en el sentir, en la polisemántica de la energía –con sus sutilezas inaprehensibles. El placebo. Un placebo que sin embargo se mueve, y hace movernos hacia regiones insospechadas de interacción mente-cuerpo.

Los científicos Makukov y Shcherbak consideran que una manera de comprobar esta hipotésis sería descubrir patrones estadísticamente significativos que poseen sellos inteligentes, inconsistentes con un proceso natural aleatorio. Según ellos, un análisis del genoma humano despliega un orden de proporciones cósmicas entre el mapeo de los nucleótidos del ADN y los aminoácidos. “Simples arreglos en el código revelan un ensamble aritmético y patrones ideográficos del lenguaje simbólico”. Esto incluiría notación decimal, transformaciones lógicas y el uso abstracto del símbolo del cero. Tal que los patrones subyacentes parecen ser el producto de una “precisa lógica y una computación no-trivial”.

La hermenéutica, ya no de las letras humanas, sino de las letras genéticas, quizás letras de las estrellas, podría ser la siguiente rama dorada de la ciencia. Recordemos que nosotros ya somos capaces de grabar frases en las células o de programar vida sintética. ¿Qué no sería capaz de grabar el programador de la computadora cósmica? Algo por el momento ininteligible, pero que empezamos a vislumbrar: ”Soy hombre: duro poco y es enorme la noche. Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben. Sin entender comprendo: también soy escritura y en este mismo instante alguien me deletrea“, dijo Octavio Paz.

El físico Sylvester James Gates de la Universidad de Maryland, sugiere que se ha encontrado un código informático inscrito en la realidad -o al menos en las ecuaciones fundamentales que se tienen para describir la realidad-. Se han encontrado "códigos computacionales" en las ecuaciones de supersimetría del universo descritas en la teoría de cuerdas “indistinguibles de las que operan en un motor de búsqueda”. Este código es el código inventado –o descubierto– por Claude Shannon, el padre de la informática. “No sé si estamos viviendo en la Matrix”, dice Gates.
Estos códigos han sido encontrados en lo que se conoce como Adinkras –objetos geométricos que codifican relaciones matemáticas entre partículas supersimétricas (el nombre proviene de las representaciones gráficas de aforismos usadas por algunas culturas africanas).


Adinkras supersimétricas

Existe un parangón entre este código hallado en la ecuaciones de la supersimetría y lo propuesto por los científicos kazajos: “Si estudias un animal, eventualmente te encuentras con el ADN. Esto es esencialmente lo que nos ocurrió a nosotros. Estos códigos que encontramos, son como el ADN que yace dentro de las ecuaciones que estudiamos [...]. Esta insospechada conexión sugiere que los códigos deben de ser ubicuos en la naturaleza, y podrían estar enquistados en la esencia de la realidad”.

Los códigos encontrados son lo que se conoce como “doubly-even self-dual linear binary error-correcting block codes”, usados comúnmente para remover errores en transmisiones informáticas, por ejemplo, para corregir ecuaciones en una secuencia de bits representando texto que ha sido emitido a través de cables. Este código podría ser el código de autocorrección de la Gran Simulación Cósmica, por medio del cual el programa corre con un “efecto de realidad”, manteniendo la ilusión, por así decirlo, al no mostrar ningún error o glitch. Como ejemplo podríamos recordar la película Truman Show, donde el protagonista vive en una realidad simulada específicamente para él. En ese caso, el protagonista podía descubrir que vivía en una simulación con sólo aventurarse más allá del foro de televisión que había substituido su ciudad, donde la producción ya no tenía control; pero en nuestro caso, no hay un más allá del “foro de televisión”, en todo el espacio se reproduce automáticamente el código de la realidad diseñada –el código no sólo está incrustado en el espacio, sino que es el espacio mismo.

Para explicar cómo es que la realidad puede surgir de un programa informático, Gates retoma el concepto de “it from bit”, de John Archibald Wheeler. “Él sugirió que cada “ente”–cada partícula, cada campo de fuerza, incluso el continuum tiempo-espacio –deriva su función, su significado, su misma existencia… de las respuestas a preguntas de sí o no suscitadas por el aparato, elecciones binarias, bits”. Según Wheeler este principio “simboliza la idea de que cada ítem del mundo físico tiene una explicación y una fuente inmaterial en el fondo: Aquello que llamamos realidad surge en el último análisis de la formulación de preguntas de sí o no y el registro de las respuestas evocadas por el equipo [de medición]; en otras palabras, que todas las cosas físicas son de origen teórico-informático y este es un universo participatorio”.

El universo que describe Wheeler, no sólo es un universo donde la realidad primaria es la información –es un universo donde la realidad emerge de la interacción: el mundo objetivo se ve trastocado por el mundo subjetivo, al punto de que no existe una división entre el observador y lo observado. Por alguna extraña razón el código del universo parece reflejar nuestro código –o viceversa. Aquí hay dos variables posibles. Que el universo, como una entidad fija constreñida a leyes inmutables, no exista. Que sea una especie de creación perenne, in situ, que reproduce coherentemente los estados de nuestra mente: que se ajuste permanentemente a nuestra preguntas: una esfinge virtual sin un último secreto. O que nuestra mente reproduzca las leyes del universo, códices internos o tabernáculos que se van revelando en la inmantación de la conciencia en el tiempo. La primera variable admite un vértigo alucinatorio, una irrealidad sistémica; la segunda concede una revelación evolutiva, una eclosión de la palabra celeste, y sobre todo, la noción fundamental de que podemos acceder a ese código porque remotamente fuimos nosotros mismos los que lo diseñamos. El código cósmico: la auto-seducción de la divinidad.