GNOSTICISMO COMO CLAVE HISTÓRICA DEL PRIMITIVO CRISTIANISMO ESOTÉRICO


En el primer siglo de la Era cristiana el mundo intelectual estaba ampliando sus investigaciones de acuerdo a las orientaciones señaladas por las enseñanzas de Platón y Aristóteles. Platón había establecido la doctrina de las causas. Su filosofía estaba dedicada a aquellas verdades mayores y generales que pueden ser definidas colectivamente como universales. Gracias a él fue introducida en la civilización del Mediterráneo la concepción de un universo organizado. Esa organización se originó en arquetipos, es decir, grandes estructuras en las causas. Dichos arquetipos, formados por los términos y los elementos de una geometría divina, encerraban la vida material dentro de una red de energías cósmicas.

Aristóteles, reaccionando dramáticamente al desafío platónico, estaba dotado por naturaleza con una organización de facultades que se resentían por la dominación de intangibles. Él no negó el esquema platónico de cosas, y creía que la visión de Platón era inexpugnable, no necesariamente porque fuera verdadera sino porque los elementos implicados estaban más allá del ataque de la crítica intelectual. Aristóteles amaba argumentar, pero el argumento acerca de intangibles no podía ser concluyente. Él no podía ganar su argumento con los razonamientos de Platón.

Buscando un fundamento más sustancial, Aristóteles enfatizó el significado de los elementos tangibles. Ahí había una esfera de hechos obvios. Había espacio para argumentar en cuanto a las implicaciones, pero los hechos mismos eran indiscutibles. Así él encontró seguridad en la contemplación de lo conocible. Él estableció una organización en la Naturaleza reduciendo los hechos y sus extensiones razonables a categorías. Él desafió a Platón a bajar a la tierra y a encontrarse con él en el nivel de las cosas conocidas.

No hay ninguna indicación de que Platón aceptara el desafío. Aunque ambos hombres estuvieron en cercana asociación, nunca hubo una convergencia completa de las mentes, y como una consecuencia, las generaciones posteriores heredaron un legado de asuntos inconclusos. Los Universales fueron definidos, los Particulares fueron organizados y clasificados, pero el intervalo entre universales y particulares se convirtió en una consideración cada vez más importante. Fue ese intervalo entre causas invisibles y efectos visibles el que cargó al mundo intelectual durante el primer siglo d.C. La mente humana se involucró en el proceso sistemático de construir puentes para vincular la causa con el efecto y el efecto con la causa.

Los dos extremos eran en sí mismos irreconciliables, al menos mentalmente. Pero en la Naturaleza misma ellos estaban reconciliados. Debe haber una explicación para hacer calzar los hechos. Ése era el amplio desafío en el mundo del pensamiento, y aquello resultó en la creación de una escuela de intelectuales que se convirtieron en los líderes de un revolucionario descubrimiento en el ámbito de la mente. Ese descubrimiento produjo el Gnosticismo, y el grupo que apoyó la nueva solución al apremiante dilema fue conocido como los Gnósticos.

El gnosticismo es definido como un emanacionismo, o una filosofía de las emanaciones. Si dos cualidades no pueden reunirse en la sustancia, ellas pueden ser congregadas sólo por extensión. Los Universales no pueden llegar a ser Particulares y éstos no pueden llegar a ser Universales, pero estos últimos existen según grados, y los Particulares existen de acuerdo a condiciones. Por ejemplo, los Antiguos reconocían cuatro elementos que ascendían desde el más sólido, que era la tierra, al más denso, que era el aire. El orden ascendente de los elementos hizo que el más alto fuera menos material. Aquello que es menos material es más parecido a lo espiritual; de esa manera, la materia existe en una escala ascendente de condiciones, calificaciones, modificaciones y variaciones de densidad de sí misma.

El espíritu, que es la sustancia común de los Universales, existe de igual modo según estados. El espíritu en sí, es decir, en su propia naturaleza, es incognoscible, pero del espíritu proceden cosas espirituales según un orden descendente. El intelecto es un intangible perteneciente al orden del espíritu, pero en un grado tiene una dimensión y una proporción formales, y está sujeto a definición. La energía, o fuerza, como era conocida en tiempos antiguos, es igualmente una extensión del espíritu, pero esa extensión está sujeta a mayores limitaciones que el intelecto porque es definible. Todas las definiciones definen naturalezas según sus limitaciones. Axiomáticamente, la definición es una limitación.

Un orden descendente de cualidades espirituales, menos espirituales a medida que se alejan de su propia sustancia y causa, es por lo tanto aceptable por la mente. A la inversa, un orden ascendente de cosas materiales, menos materiales en la medida en que ellas se apartan de su sustancia y fuente, la materia, es también apreciable por la razón.

Qué podría ser más razonable, por lo tanto, que suponer que las dos contraposiciones pueden reunirse en un terreno común. Por supuesto el emanacionismo presupone la existencia de dos realidades coeternas, una espiritual y otra material. Esto Aristóteles lo permitiría, ya que él consideraba la materia como inmortal, sin principio ni final. Él también aceptaba la eternidad del espíritu. La existencia de dos principios eternos hizo a Aristóteles atractivo para los hombres de Iglesia porque éstos encontraban en la doctrina de él el respaldo que buscaban para su propia creencia en la eternidad del bien y el mal y en la guerra interminable entre Dios y el Diablo.

Diversos científicos modernos también están inclinados a favorecer el antropomorfismo filosófico de Aristóteles. Si el espíritu existe o no, pertenece a la esfera de las incertidumbres, pero la eternidad de la materia es un pensamiento consolador para aquellos que buscan algo permanente en un universo cambiante. La especulación interesante puede resultar de preguntas tales como "¿Es el espíritu el grado más alto de la materia?", o "¿Es la materia el grado más bajo del espíritu?". Esto, sin embargo, trae complicaciones. ¿Son el espíritu y la materia cualidades de una esencia que se diferencia sólo en el grado, o son ellos dos opuestos completamente irreconciliables para las cuales no existe ningún denominador común? Si los dos extremos son igualmente inevitables e indestructibles, ¿cuál es el superior?. ¿Tiene alguno de ellos necesidad del otro?. ¿Es la acción de espíritu sobre la materia una especie de incidente o accidente cósmico, y puede la materia modificar el espíritu? Los escolásticos lucharon con estas cuestiones durante siglos, y los resultados, aunque estimulantes para las facultades intelectuales, estuvieron lejos de solucionar cualquier problema práctico.

Platón creía que la materia era una extensión del espíritu, aquella parte del ser universal más remota de la cualidad espiritual. Él usó la analogía de la luz y la oscuridad. La luz es un principio, pero la oscuridad no lo es: es simplemente la ausencia de luz. Los aristotélicos, para no ser derrotados, sugirieron la posibilidad de que la oscuridad podría ser un principio y que la luz podría igualmente bien ser considerada como la ausencia de oscuridad. La luz era incidental, la oscuridad era inevitable. La luz podría disipar temporalmente la oscuridad, pero toda luz debe declinar en último término, y en el fracaso de la luz era revelada la eternidad de la oscuridad.

El vital elemento de la precedencia también estaba implicado. ¿Precedió la luz a la oscuridad o precedió la oscuridad a la luz? Aquello que precede debe incluir inevitablemente a aquello que viene después. ¿Contuvo la oscuridad el potencial de la luz, o contenía la luz el potencial de la oscuridad? La mayoría de los sistemas deducen que la oscuridad precedió a la luz y es por lo tanto más antigua, más universal y más real. Los soles son focos de luz establecidos en la oscuridad, pero en cantidad, la oscuridad siempre excede a la luz porque ésta siempre está rodeada por un área inconmensurable compuesta por la ausencia de luz.

La ausencia, entonces, ¿es mayor que la presencia? La presencia siempre existe en un campo que consiste en la ausencia de sí mismo. Una condición no es definible sin la otra. Ellas son co-eternas y co-dependientes, con la ausencia siempre en un grado mucho mayor que la presencia. Es como el problema de la comida y el apetito. El hambre es la ausencia de alimento. El alimento es la solución al hambre. La comida es real y definible. El hambre no tiene dimensión ni apariencia. ¿Cuál, entonces, es la realidad? La comida quitará el hambre, pero sólo por el momento. No importa cuánta comida pueda haber, el hambre permanece, y es necesario perder sólo unas pocas comidas para revelar su presencia eterna. Si la luz es el alimento y la oscuridad es el hambre, ¿cuál es la más real? La comida es una solución provisional a un problema eterno. Todo esto es muy desorientador.

Si la oscuridad es equivalente al espacio, entonces la luz puede ser equivalente al tiempo. Esto otra vez presenta una variedad de complicaciones. ¿Puede el tiempo existir sin su equivalente espacial, la eternidad?; ¿es la eternidad el vacío de tiempo o la plenitud de tiempo?; ¿es todo esto o nada? Si todo es tiempo, entonces la eternidad o el espacio son superiores al tiempo. Si la eternidad es privación de tiempo, entonces el tiempo es la realidad y la eternidad es simplemente una ilusión de la mente. Hay una ilusión aquí en alguna parte, pero cuál de esas abstracciones es la más fuerte depende de a cuál escuela usted pertenezca.

El temprano concepto cristiano de Dios complicó posteriormente el ya confuso cuadro. La mayoría de los sistemas paganos de filosofía religiosa concibió el poder espiritual supremo como idéntico con la sustancia y naturaleza del espacio. Así, la dimensión espacial fue considerada como la plenitud completa. Según nuestras percepciones físicas el espacio es el vacío, correctamente descrito como la nada.

Para los paganos esta nada [nothing] era simplemente ninguna cosa [no thing]. No era el vacío sino la abstracción de las formas. Era la vida universal incondicionada, inmanifestada, indiferenciada y, por su propio estado esencial, indefinible.

La temprana Iglesia cristiana consideraba a la Deidad como fuera del plan de creación. Dios era una persona, separada del mundo, al cual él había formado. Esa divinidad gobernaba el universo desde algún trono extra-universal. Dios ejercía el despotismo sobre la materia, moldeándola en una variedad de formas. Cada una de esas formas había sido dotada de alma por un inmaterial principio de vida, que descendía a ella desde la naturaleza de la Deidad. Así, para los paganos Dios era un poder que surgía por medio de los procesos de generaciones espirituales y materiales. Pero para los cristianos él era una fuerza separada y ajena, que controlaba los procesos creacionales mediante una tiranía absoluta de la voluntad divina.

Los gnósticos estaban entre los grupos paganos en la medida en que creían que el universo era el cuerpo de Dios por medio del cual el poder espiritual se manifestaba como un constante impulso para el despliegue y el crecimiento. Al mismo tiempo, los gnósticos intentaron una explicación de la filosofía mística cristiana de acuerdo a una tradición básicamente pagana. De esa manera, el culto gnóstico consiguió ofender tanto a los paganos como a los cristianos. Cada uno sentía que su punto de vista estaba comprometido.

El Gnosticismo fue la gran herejía del período anterior al concilio de Nicea en la historia de la Iglesia. Los padres del cristianismo primitivo, habiéndose elegido a sí mismos como los únicos guardianes de la salvación, ejercieron esa prerrogativa para acabar con todos los rastros del cristianismo como un código filosófico. Ellos se resintieron particularmente de los gnósticos porque esos pensadores esencialmente paganos insistían en indicar las fuentes y elementos no cristianos que habían contribuido al ascenso de la secta cristiana. Los primeros obispos, santos y mártires, como Ireneo, Hipólito, Epifanio, Tertuliano y Teodoreto, dividieron sus actividades entre las tareas algo diversificadas de predicar el amor fraternal, y un evangelio de caridad y piedad, por una parte, mientras por otra formulaban ataques crueles y calumniosos contra los miembros de todos los credos discrepantes.

Ningún piadoso Padre antes del concilio de Nicea había mostrado su celo ni, a propósito, su intolerancia, sino hasta que hubo preparado un elaborado tratado contra las herejías, y lanzado una santificada piedra contra algún heresiarca.

Todos los buenos hombres de Iglesia procuraron demostrar que los paganos en general, y los gnósticos en particular, eran promulgadores de doctrinas odiosas y engañadoras. Se insinuó, y en algunos casos realmente se afirmó, que un espíritu perverso (el fatídico viejo Diablo) había criado profesores de doctrinas falsas en un esfuerzo para comprometer las infalibles revelaciones de los apóstoles y sus descendientes legítimos. Así, los sabios Padres, los cuales, a propósito, parecían mejor informados de las herejías que de la ortodoxia, refutaron todas las doctrinas de los herejes con un gran gesto.

Puede verse, por lo tanto, que los gnósticos ocuparon una posición extremadamente precaria. Ellos eran reconciliadores de las diferencias extremas, y el camino del pacificador es por lo general tan difícil como el del transgresor. El gnosticismo fue despreciado por la Iglesia porque aquél procuraba interpretar el misticismo cristiano en términos de sistemas metafísicos de los griegos, egipcios y caldeos. Al mismo tiempo, al Gnosticismo se le opusieron abiertamente los filósofos paganos contemporáneos, particularmente ciertos neo-platónicos, porque parecía aceptar, al menos en parte, los principios no filosóficos e ilógicos impuestos sobre un mundo crédulo por los entusiastas cristianos. Atacado desde ambos lados, y gradualmente aplastado por el enorme peso de la cantidad, el Gnosticismo finalmente pasó al limbo después de una desesperada lucha por la existencia durante un período de varios siglos.

Aunque suene extraño decirlo, el Gnosticismo está en deuda con sus enemigos por la supervivencia de algunas de sus enseñanzas. Hasta comparativamente de manera reciente, toda la información disponible sobre el tema está conservada en los escritos de aquellos excitados e irritables Padres pre-Nicea que entraron en complicados detalles acerca de la sustancia de las herejías que ellos condenaban. Aunque los gnósticos hayan desaparecido de la Tierra, las analogías que ellos establecieron entre las doctrinas cristianas y paganas han demostrado ser inestimables para los estudiosos de religión comparada. Entre los nombres que se destacan en las crónicas del Gnosticismo, tres son excepcionales: Simón Mago, Basílides y Valentino. Ellos fueron hombres de excepcional brillantez, ya que ellos fueron seleccionados por los Padres de la Iglesia como los objetos de una particular y continuada persecución. Simón Mago, el gnóstico sirio, fue sometido a una diatriba especialmente rencorosa y anticristiana de cruel tratamiento. Su imagen fue despedazada en trozos, y él fue presentado para el desprecio público, no sólo como un hechicero sino como un ejemplo horrible de la profundidad de la depravación espiritual, moral y física a la cual un individuo puede descender.

Basílides y Valentino ambos eran hombres de una excepcional integridad personal tal que incluso las cuidadosas intrigas del clero no fueron capaces de arrojar luz sobre ninguna cosa que pudiera ser interpretada como denigrante. Era evidente, por lo tanto, que esos filósofos eran heresiarcas de la clase más peligrosa. Ellos eran los más mortales porque ocultaban sus diabólicas perversidades detrás de una apariencia de virtud e integridad. Si un pagano tenía el aspecto de la virtud era porque el Diablo evocaba una ilusión con la esperanza de debilitar así la omnipotencia de la Iglesia.

Si algún grupo que compartía el misterio cristiano poseía los secretos esotéricos de la Iglesia temprana, eran los gnósticos. Esa orden conservó hasta el final los altos estándares éticos y racionales que confieren honor a una enseñanza. La Iglesia por lo tanto atacó al Gnosticismo enérgica e implacablemente, reconociendo a esos filósofos místicos como los adversarios más formidables para el poder temporal de teología cristiana.

Al resumir la doctrina del Gnosticismo no es posible considerar las numerosas divisiones que ocurrieron dentro de la secta, ni los elementos más intrincados de sus sistemas. De ser un culto simple, el Gnosticismo evolucionó hasta convertirse en una filosofía elaborada y compleja, uniendo dentro de su propia estructura el factor esencial de diversas grandes religiones. La idea central del Gnosticismo era el ascenso del alma a través de etapas sucesivas del ser. Esa doctrina probablemente se originó en la astrolatría de Babilonia con su doctrina de una serie de cielos, cada uno bajo el gobierno de un dios planetario. El alma debe subir por esos cielos y sus puertas por medio de contraseñas mágicas entregadas a los guardianes de las puertas. Ese punto de vista recuerda el ritual egipcio de los muertos.

La escalera de los mundos sobre la cual las almas suben y descienden es descrita en el mito babilónico de Tammuz e Ishtar. Aparece también en el Poimandres de Hermes Trimegisto, donde siete gobernadores planetarios se sientan sobre los siete círculos concéntricos del mundo a través de los cuales las almas ascienden y descienden. Aquí, igualmente, está el simbolismo de la escalera de Jacob, los nueve arcos reales de Enoc, y los siete cielos del Apocalipsis de Juan. Los comentarios acerca del Viaje Nocturno de Mahoma al Cielo describen cómo el profeta del Islam, después de subir una escala de cuerdas doradas que colgaban encima del Templo de Jerusalén, pasó a través de siete puertas, en cada una de las cuales estaba uno de los patriarcas del Antiguo Testamento.

Hay mucho en el Gnosticismo para intrigar al orientalista. Bardesanes, el último de los grandes gnósticos, puede haber estado bajo la influencia de la metafísica budista. Esto es particularmente evidente en aquella parte de la enseñanza del culto en la cual Cristo es descrito descendiendo a través de los siete mundos en su camino a la encarnación física. Al igual que Buda, él dota de alma a un cuerpo en cada uno de los siete planos, llegando a ser así literalmente todas las cosas para todos los hombres. La condición última de la conciencia a la cual aspira el Gnosticismo recuerda también la doctrina budista. El alma es finalmente absorbida en un estado abstracto perfectamente análogo al nirvana, de modo que el final de la existencia es la condición de no-ser.

Valentino, el gnóstico, en su visión del orden de la creación, escribió:"Contemplo todas las cosas suspendidas en el aire por el espíritu, y percibo todas las cosas arrastradas por el espíritu; la carne la veo suspendida del alma, pero el alma brillando del aire, y el aire depende del éter, y los frutos producidos desde Bythos (la profundidad), y el feto nacido de la matriz". Esto es emanacionismo gnóstico, el nacimiento de todas las naturalezas desde sus propios superiores, y la creación misma surgiendo desde su propia causa, el absoluto o la profundidad.

En la estructura más simple del concepto gnóstico de la divinidad, encontramos primero al Logos universal, "El que fue, es y será". De naturaleza y sustancia incognoscibles, él es la forma incorruptible que proyecta desde sí mismo una imagen, y esa imagen ordena todas las cosas. De su propia alma eterna y naturaleza imperecedera El Que Permanece emite tres hipóstasis, a las cuales Simón Mago llamó la Forma Incorruptible, el Gran Pensamiento y la Mente Universal. Es interesante aquí notar que, como en muchos sistemas esotéricos, el pensamiento precede a la mente, o como dijeron los Antiguos, "El pensamiento concibe al pensador". Entre los gnósticos posteriores, el carácter divino es representado por tres potencias en esta manera:

—Anthropos (el hombre)
—Anthropos, hijo de Anthropos (el hombre, hijo del hombre)
—Ialdabaoth (el hijo del caos)

Ialdabaoth, que corresponde a Zeus en la metafísica órfica y platónica, es llamado el Demiurgo o Señor del Mundo. Los gnósticos creían que éste era el Demiurgo, a quien Jesús se refirió cuando él habló del Príncipe del Mundo que no tenía nada en común con él. El Demiurgo era la personificación de la materia, la mónada de la esfera material, la semilla del mundo interior, que encerró los prototipos de todas las cosas generadas. Ialdabaoth dio a luz a partir de sí mismo a seis hijos, los cuales, junto con su padre, se convirtieron en los siete espíritus planetarios. Éstos fueron llamados los siete Arcontes (gobernadores) y corresponden a los guardianes del mundo descrito por Hermes. Sus nombres en orden según Orígenes son como sigue:

—Ialdabaoth (Saturno)
—Iao (Júpiter)
—Sabaoth (Marte)
—Adonaios (el Sol)
—Astaphaios (Venus)
—Ailoaios (Mercurio)
—Oraios (la Luna)

Aquí Ialdabaoth se convierte en el límite externo del Sistema Solar, la órbita de Saturno dentro de la cual los otros planetas existen como embriones en orden ascendente de poderes. Así entendemos la fábula griega de Cronos devorando a sus propios hijos, ya que los Antiguos creían que la sustancia planetaria fue finalmente hecha entrar en los anillos de Saturno desde los cuales fue finalmente dispersada por el espacio.

En la alegoría hermética, los siete guardianes del mundo —los constructores, o los Elohim de los judíos— eran simplemente manifestadores del propósito divino, en sí mismos ni buenos ni malos. Según los gnósticos, sin embargo, Ialdabaoth y sus seis hijos eran espíritus orgullosos y hostiles que, como Lucifer y sus ángeles rebeldes, procuraban establecer un reino en el abismo que debería prevalecer contra el reino de Dios. De aquí que encontremos a Ialdabaoth gritando triunfalmente "¡No hay otros dioses delante de mí!", cuando en realidad él es la menor parte de la divinidad trina y más allá de él se extienden las esferas del Padre y del Hijo.

En su raro y valioso texto Los Gnósticos y Sus Restos (1887), C. W. King resume la génesis gnóstica. Sus comentarios son en sustancia como sigue:

Sophia Achamoth, la sabiduría generativa del mundo fue atraída hacia el abismo al contemplar su reflejo en lo profundo. Por medio de su unión con la oscuridad, ella dio a luz a un hijo, a Ialdabaoth, el hijo del caos y el huevo. Sophia Achamoth, siendo ella misma de una naturaleza espiritual, sufrió horriblemente por su contacto con la materia, y después de una lucha extraordinaria, ella se escapó del fangoso caos que había amenazado con tragarla. Aunque no familiarizada con el misterio del Pleroma —aquel espacio omni-abarcante que era la morada de su madre la divina Sofía, o sabiduría divina— Sophia Achamoth alcanzó la distancia media entre lo superior y lo inferior. Allí ella tuvo éxito en sacudirse los elementos materiales, que se habían adherido como el barro a su naturaleza espiritual. Después de limpiar su ser, ella construyó una fuerte barrera entre el mundo de las inteligencias o espíritus, que están encima, y el mundo de la ignorancia y la materia, que se extendía abajo.

Dejado a sus propios recursos intelectuales, Ialdabaoth, el hijo del caos, se convirtió en el creador de la parte física del mundo, aquella parte en la cual el pecado prevaleció temporalmente porque la luz de la virtud fue tragada en la oscuridad. En el proceso de creación, Ialdabaoth siguió el ejemplo de la Gran Deidad que engendró los ámbitos espirituales. Él produjo a partir de su propio ser seis espíritus planetarios, a los que él llamó sus hijos. Los espíritus fueron todos formados a su propia imagen y eran reflejos unos de otros, llegando a ser cada vez más más oscuros a medida que ellos se alejaban de su padre.

Aquí tenemos la teoría platónica de las contigüidades, en la cual se describe que aquellos seres que son los más cercanos a la fuente de vida comparten la mayor parte de la fuente, pero en la medida en que ellos se retiran de ella participan de su ausencia, hasta que al final el extremo exterior de los reflejos es mezclado en la sustancia del abismo. Ialdabaoth y sus seis hijos habitan siete regiones dispuestas como una escalera. Esa escalera tenía su principio bajo el espacio medio (la región de la madre de ellos, Sophia Achamoth) y su final yace sobre nuestra Tierra, que es la séptima región. Cuando la Tierra es mencionada como la séptima esfera eso no significa el globo físico sino más bien la región de la Tierra compuesta de éter.

Ialdabaoth, como puede ser inferido de su origen, no era un espíritu puro, ya que si bien él heredó de su madre (la sabiduría generadora) instinto y astucia, así como una comprensión intuitiva de la inmensidad universal, él también recibió de su padre (la materia) las cualidades de ambición y orgullo, y éstas dominaron su composición. Con un ámbito de sustancias plásticas a sus órdenes, Ialdabaoth se separó de su madre y de la esfera de inteligencia de ella, determinando crear un mundo según sus propios deseos en el cual él debería morar como amo y señor.

Con la ayuda de sus propios hijos (los seis espíritus de los planetas) el hijo del caos creó al hombre, pretendiendo que la nueva criatura reflejara la plenitud de los poderes demiúrgicos. Ese hombre debería reconocer que la materia es su señor y nunca debería buscar más allá de la esfera material la verdad o la luz. Pero Ialdabaoth fracasó completamente en su obra. Su hombre era un monstruo, una enorme criatura carente de alma que se arrastraba por el lodo de los elementos inferiores atestiguando el caos que lo concibió. Los seis hijos capturaron a ese monstruo y llevaron a la horrible criatura a la presencia de su padre, declarando que él debía animarlo y darle un alma si debía vivir.

Ialdabaoth no era un espíritu suficientemente exaltado y no pudo crear la vida; todo lo que él podía hacer era producir formas. En su apuro, el Demiurgo otorgó sobre la nueva criatura el rayo de luz divina que él mismo había heredado de su madre Sophia Achamoth. Es así que el hombre consiguió el poder de la sabiduría generativa. Ese nuevo hombre que comparte la luz con su propio creador, ahora se contempló a sí mismo como un dios y rechazó reconocer a Ialdabaoth como su señor. Así, Ialdabaoth fue castigado por su orgullo y autosuficiencia, siendo obligado a sacrificar su propia dignidad de rey en favor de un hombre al que él había formado.

Sophia Achamoth entonces otorgó su favor a la Humanidad incluso a costa de su propio hijo. La Humanidad, que ahora contenía la luz de Sofía, siguió el impulso de aquella luz y comenzó a reunirse en sí misma, y a dividir la luz de la oscuridad de la materia. En virtud de ese trabajo espiritual, la Humanidad gradualmente transformó su propia apariencia hasta que ya no se pareció a su creador Ialdabaoth, sino que tomó el rostro y la forma del Ser supremo —Anthropos, el hombre primordial— cuya naturaleza era de la sustancia de la luz y cuya disposición era de la sustancia de la verdad.

Cuando Ialdabaoth contempló su creación que era más grande que él mismo, su cólera ardió con rabia celosa. Sus miradas inspiradas por sus pasiones fueron reflejadas abajo en el gran abismo como sobre la superficie pulida de un espejo. Ese reflejo aparentemente llegó a estar inspirado con vida, ya que todos los cuerpos son sólo sombras con almas, y del abismo surgió Satán en la forma de una serpiente, la encarnación de la envidia y la astucia. Comprendiendo que el poder del hombre estaba en la protección de su madre, Ialdabaoth determinó separar al hombre de su guardián espiritual, y por esa razón creó alrededor de él un laberinto de trampas e ilusiones. En cada esfera del mundo creció un árbol del conocimiento, pero Ialdabaoth prohibió al hombre comer de su fruto, no fuera que todos los misterios de los mundos superiores le fueran revelados y la autoridad del hijo del caos llegara a un final inoportuno.

Sophia Achamoth, determinada a proteger al hombre que contenía su propia alma, envió a su genio Ophis en la forma de una serpiente para inducir al hombre a transgredir las órdenes egoístas e injustas de Ialdabaoth. El hombre, habiendo comido del fruto del árbol, repentinamente llegó a ser capaz de comprender los misterios de la creación.

Ialdabaoth se vengó castigando a esa primera pareja (Adán y Eva) por comer el fruto celestial. Él encarceló al hombre y a la mujer en un calabozo de materia, construyendo alrededor de sus espíritus los cuerpos físicos de los caóticos elementos en donde el ser humano todavía está cautivo. Pero Sophia Achamoth todavía protegía a la Humanidad. Ella estableció entre su región celestial y la caída Humanidad una corriente de luz divina, y siguió suministrándole constantemente al ser humano una iluminación espiritual por medio del propio corazón de éste. Así una luz interna continuamente lo protegía aunque su naturaleza externa vagara en la oscuridad.

La batalla continuó, con Sophia Achamoth siempre esforzándose por proteger, y Ialdabaoth siempre determinado a destruir. Por fin, profundamente afligida por los males que habían acontecido a sus nietos humanos, Sophia Achamoth temía que la oscuridad prevaleciera contra ella. Subiendo a los pies de su madre celestial (la Sophia divina que es la sabiduría de Dios), ella suplicó que el omnisciente (que es el Padre Eterno) prevaleciera sobre la Profundidad Desconocida enviando abajo al inframundo al Christos (que era el hijo de la unión del Padre de Padres y de la Sabiduría Divina). Ialdabaoth y sus seis hijos de materia estaban tejiendo una curiosa red por medio de la cual ellos estaban gradualmente, pero de manera inevitable, impidiendo la sabiduría divina de los dioses a fin de que la Humanidad pereciera en la oscuridad. La parte más difícil en la salvación del hombre está en el descubrimiento del método por el cual el Christos podría entrar en el mundo físico. Ese método debe estar dentro de la ley de la creación, ya que los dioses no pueden apartarse de sus propios caminos. Construir cuerpos no estaba dentro del dominio de los dioses superiores.

Por lo tanto, el propio Ialdabaoth tuvo que ser persuadido para crear, sin conocer el objetivo, un cuerpo para recibir al Soter (Salvador). Sophia Achamoth apeló al orgullo del Demiurgo y finalmente prevaleció sobre Ialdabaoth para que éste demostrara sus poderes creando un hombre bueno y justo de nombre Jesús. Cuando eso había sido llevado a cabo, el Soter Christos se envolvió en una capa de invisibilidad y descendió por las esferas de los siete arcontes. En cada uno de los arcos él asumió un cuerpo apropiado para las sustancias de la esfera, ocultando de esa manera su verdadera naturaleza ante los genii, o guardianes de las puertas. En cada mundo él pidió a las chispas de luz que salieran de la oscuridad y se unieran a él.

Habiendo unido toda la luz de los mundos en su propia naturaleza, el Christos descendió en el hombre Jesús en el bautismo. Ése fue el momento de la Edad del Gran Milagro. Ialdabaoth, habiendo descubierto que el Soter había descendido de manera incógnita para frustrar sus objetivos, agitó a la gente contra Jesús, y usando todas las fuerzas de la materialidad a su disposición él tuvo éxito en la destrucción del cuerpo por el cual el Christos funcionaba en la esfera material. Pero antes de que el Soter se marchara de la Tierra, él implantó en las almas de hombres justos un entendimiento de los grandes misterios y abrió para siempre la puerta entre los universos inferior y superior.

Teodoreto completa así la historia: "De allí, subiendo al espacio medio, él (Cristo) se sienta a la derecha de Ialdabaoth, pero inadvertido por él, y allí recolecta todas las almas que habrán sido purificadas por el conocimiento de Cristo. Cuando él haya recolectado toda la luz espiritual que existe en la materia, del Imperio de Ialdabaoth, la redención será llevada a cabo y el mundo será destruído. Tal es el sentido de la reabsorción de toda la luz espiritual en el Pleroma o plenitud, de donde al principio descendió".

El cristianismo gnóstico concebía la salvación sin el beneficio del clero exotérico. Cristo, el Soter, era el sumo sacerdote, que gracias a su descenso destruyó para siempre el antiguo orden del mundo. La religión se convirtió en un asunto de ajuste interno. Las formas y los rituales por los cuales los pueblos primitivos habían propiciado a Ialdabaoth, fueron considerados como sin valor bajo la dispensación del Christos. Los sacramentos místicos de los gnósticos, por otra parte, fueron instituídos por el Christos para facilitar el conocimiento de la verdad. El reinado del temor y la oscuridad ya no existían. El imperio del amor y la luz había venido. Parece, sin embargo, que la Iglesia consideró ese nuevo arreglo como económicamente poco razonable. Los gnósticos fueron destruidos, para que la filosofía de ellos no dejara inútil el poder temporal de la Iglesia cristiana.

Fue Basílides quien afirmó haber sido un discípulo de uno de los doce apóstoles que formularon el extraño concepto de la Deidad que llevaba el nombre de Abraxas. En el sistema antiguo de la numerología, el número equivalente a Abraxas es 365. Por lo tanto, esa divinidad representa los 365 eones o grandes ciclos espirituales que juntos componen la naturaleza del Padre Supremo. El símbolo físico natural para la fuente de la luz espiritual es el Sol visible, la fuente de la luz física. Por lo tanto Abraxas es un dios del Sol. La deidad misma es una criatura compuesta por la cabeza de un gallo, el cuerpo de un ser humano, y con piernas que terminan en serpientes.


Ese pantheos gnóstico representa el principio supremo que expresa cinco atributos o emanaciones. La cabeza del gallo significa la Frónesis [prudencia], la previsión o vigilancia. Los dos brazos que llevan la fusta y el escudo son Dynamis y Sophia, el poder [potencial] y la sabiduría. Las dos serpientes que forman las piernas son Nous y Logos, la sabiduría y el entendimiento, en las cuales la figura se apoya. El cuerpo humano es una sugerencia mística de que todos esos poderes serán revelados o perfeccionados en el hombre. Aunque la Iglesia temprana hiciera todo lo posible para exterminar a los gnósticos, la codicia jugó una parte en la supervivencia de algunas reliquias santas. Los hierofantes gnósticos se identificaban por sus sellos o joyas de reconocimiento. Esos sellos eran por lo general tallados, planos en un lado y con la figura de Abraxas o la cara de león del Sol en el otro. Las piedras eran puestas con la superficie plana en el exterior para hacer más difícil la identificación del portador.


Las gemas estaban con frecuencia grabadas con letras griegas alrededor del diseño central. Esas letras representaban palabras mágicas, o el nombre de Dios. Las piedras más comúnmente usadas eran la cornalina, el cristal, el heliotropo (calcedonia) y la matriz de esmeralda. A los Padres de la Iglesia no les importó destruír valiosa propiedad, de manera que los anillos fueron salvados y también algunas otras gemas inscritas que contenían rezos o fragmentos de filosofía y magia gnóstica. Los abraxoides, piedras que llevan la figura de Abraxas, son sumamente raros. Hay pequeñas colecciones de esas gemas en la Bibliothèque Nationale en París y en la Biblioteca del Vaticano en Roma. Los tallados gnósticos datan de los siglos I, II y III de la Era cristiana. Los abraxoides se originaron en el Norte de Egipto, y la sede más fuerte de la Gnosis egipcia fue la biblioteca de la ciudad de Alejandría.


Los gnósticos eran sólo uno de diversos grupos que intentaron reconciliar doctrinas paganas y cristianas durante los cinco primeros siglos. Esos grupos insistieron en que no había nada esencialmente nuevo en la dispensación cristiana. La religión siria era simplemente una reforma de instituciones ya largamente existentes, una nueva interpretación de doctrinas santificadas por la veneración de incontables naciones y pueblos del pasado. De hecho, incluso los propios cristianos no comprendieron que ellos eran los guardianes de una revelación única hasta que el creciente poder de la Iglesia forzó esa conclusión sobre ellos.

Al principio de este artículo hablamos del asunto de las emanaciones por las cuales los opuestos irreconciliables parecen mezclarse en las distancias medias entre los extremos. El propio culto gnóstico representaba un esfuerzo para alcanzar esa condición de moderación buscando elementos cristianos en la filosofía pagana y elementos paganos en la filosofía cristiana. Los gnósticos procuraron vincular las dos grandes dispensaciones de su tiempo en un grupo unificado dedicado a la perpetuación y diseminación de la sabiduría espiritual. El gnosticismo era una zona templada entre el frígido paganismo y el tórrido iglesismo (churchianity). Pero en aquel tiempo particular, ni los paganos ni los cristianos pretendían la moderación. Las dos grandes instituciones comprendieron que ellas estaban comprometidas en una batalla a muerte. El cristianismo fue ciertamente el agresor, y hay muy poca evidencia de que el paganismo fuera esencialmente intolerante. Después de todo, había cien instituciones paganas de cultura espiritual e intelectual. Éstas no estaban necesariamente en un acuerdo mutuo, pero ellas habían convivido en una paz relativa durante miles de años.

Los romanos resumieron la situación bastante bien: el ciudadano puede adorar en cualquier santuario o templo que complaciera su fantasía. Él puede aceptar los cultos de Egipto, favorecer la religión de los magos de Persia, o rendir homenaje a las divinidades griegas. Él puede adorar en todos los templos o en ninguno, pero sin tener en cuenta las definiciones de su fe, él debe pagar sus impuestos.
Los tallados gnósticos que llevan la forma de Abraxas son llamados diversamente abraxoides, gemas abraxaster y gemas abraxas. Según el doctor J. Bellermann, los gnósticos egipcios de los tres primeros siglos tuvieron en alta estima la figura de Abraxas. Ellos solían simbolizar tanto al profesor como a la enseñanza, como el sujeto y el objeto de sus trascendentales investigaciones y especulaciones místicas. Los sellos eran señales y símbolos de contraseña entre los iniciados de la fraternidad por medio de los cuales ellos se reconocían unos a otros y conseguían la admisión a sus asambleas. El abraxoide era también un amuleto contra el mal, y un talismán de poder. Posteriormente sirvió para el objetivo práctico de un sello que podía ser adjuntado a documentos.

La mayor parte de los abraxoides están toscamente esculpidos. Los cortes parecen consistir en una variedad de muescas que eran hechas con una rueda pequeña y gruesa. Los materiales eran seleccionados por sus propiedades mágicas, e incluían jaspe, calcedonia, hematita fibrosa y otras sustancias de poco valor. Finos abraxoides en cristal se originaron fuera de la secta misma, y fueron usados por astrólogos y magos. Muchas gemas gnósticas llevan figuras de divinidades griegas o egipcias e inscripciones mágicas. La forma que lleva sólo la deidad con cabeza de gallo es la más rara, y sólo se conocen unos pocos ejemplares que están en colecciones privadas.

Quizás los paganos eran moderados con una leve tendencia hacia la frialdad. Sus religiones eran científicas, filosóficas y estéticas. Ellos hablaban de Dios de manera razonada más bien que de un modo impulsivo, y abordaban el problema de la vida como un asunto serio a ser abordado de modo científico.

Está también el muy discutido asunto de la moral pagana. En la larga perspectiva de las épocas parece haber muy poca diferencia esencial entre la delincuencia antigua y la moderna. Los antiguos griegos y romanos y sus primos egipcios y caldeos eran respetuosos en sus declaraciones y algo inadecuados en la aplicación personal de sus impersonales declaraciones condenatorias. Como lo expresó un escritor, "Es un poco difícil distinguir claramente entre el vicio cristiano y el pagano. Todos los hombres, en todos los tiempos, bajo todas las condiciones, y en todos los lugares, han encontrado difícil ser virtuoso en presencia de una intensa tentación".

Se ha sugerido que el cristianismo fue una aparición espontánea de nobleza personal, una poderosa repugnancia contra la indescriptible y completamente detestable corrupción privada y pública del mundo pagano. Me parece que hay un indicio de prejuicio en esa perspectiva. Mientras la Iglesia temprana estaba reuniendo su fuerza para grandes trabajos, el paganismo también estaba produciendo ejemplos de nobleza de pensamiento y excelencia de carácter igual a cualquier cosa que los cristianos pudieran desarrollar por vía de comparación.

Durante el período entre 500 a.C. y 500 d.C. la civilización recibió su inestimable herencia de fundaciones religiosas, doctrinas filosóficas, instituciones científicas, monumentos artísticos y literarios, y sus duraderos códigos de leyes, estatutos y regulaciones de la conducta humana. Desde la medicina a la astronomía, de la arquitectura a la poesía, de la agricultura a la ética, los talentos y las capacidades humanas estaban siendo sabiamente dirigidos hacia lo que Lord Bacon describe como "fines razonables". Durante ese período se desplegó el concepto moderno de democracia, el sufragio universal fue apoyado por el Imperio romano, y fue decretada la legitimidad universal. Una dama romana del siglo II tenía un mayor status legal que una mujer moderna que viviera en el Estado de Nueva York en el siglo XIX o a principios del XX. Los políticos siempre han sido un grupo sórdido, pero la ley romana era esencialmente sensata y era hecha cumplir con un grado razonable de eficacia.

La mayor parte del progreso alcanzado en los mil años ya mencionados fue llevada a cabo por hombres y mujeres paganos. Hipócrates, el padre de la medicina, era un pagano. También lo era Ptolomeo, el padre de la geografía. La tabla de multiplicación nos fue dada por un pagano, y el primer himno cristiano era música pagana con nuevas palabras. En los cuatro siglos que precedieron directamente a la Era cristiana el mundo pagano produjo casi seiscientos líderes inmortales del pensamiento humano, de la industria humana y del logro humano. Sin esos hombres la civilización moderna no existiría. ¿Cuántos líderes excepcionales de capacidad igual o aproximada fueron producidos en los cuatro primeros siglos de una civilización del Mediterráneo dominada por los cristianos? Dejamos al lector que pondere esta cuestión y descubra, si puede, alguna serie tal de intelecto fuera de un círculo de polemistas teológicos cuyas contribuciones fueron completamente estériles.

Es un poco difícil imaginar que hombres del calibre de Platón, Euclides, Hipócrates, Cicerón, Séneca y Marco Aurelio, pudieran haber sido productos de una condición religiosa o moral tan corrupta como los Padres Cristianos quisieran que nosotros creyéramos. Si lo semejante engendra lo semejante, la grandeza debe surgir de la grandeza. La sabiduría del individuo revela la sabiduría esencial de su tiempo y lugar. Los contemporáneos de Catón el Mayor pueden no haber compartido todos la magnitud de su mente, pero los materiales necesarios para crear aquella grandeza deben haber estado disponibles y fácilmente accesibles para aquellos que estaban por naturaleza inclinados a la grandeza. Incluso en nuestros propios tiempos todos los hombres no aprovechan las oportunidades intelectuales y espirituales que la civilización ofrece, pero sería descortés e injusto negar la existencia de la verdad y la sabiduría.

No tenemos ninguna intención de desacreditar los principios esenciales de la dispensación cristiana, pero estamos inclinados a estar de acuerdo con Mahoma en cuanto a que los Padres de la Iglesia anteriores al Concilio de Nicea (325 d.C.) trabajaron sistemáticamente para organizar un sistema teológico tan estrecho y lleno de intolerancia, que el propio Jesús no podría haber sido un miembro de su propia Iglesia. Si Jesús hubiera nacido otra vez en 350 d.C. él habría sido llamado un hereje y probablemente crucificado una segunda vez por simplemente repetir las palabras atribuídas a él en los Evangelios. Muchos paganos cultos consideraban las enseñanzas de Jesús con la más alta veneración. Ellos vieron en él a uno de su propia clase, un hombre noble y heroico que había dedicado su vida a la reafirmación de nobles principios y verdades que son indispensables para la perfección del carácter humano. Muy pocos paganos atacaron alguna vez las enseñanzas de Jesús, pero ellos realmente se opusieron a la organización de aquellas enseñanzas en una secta obviamente dedicada a la anarquía política. Desde el principio, la Iglesia cristiana se resolvió a derrocar el mundo pagano y a establecerse como el autócrata espiritual y temporal de la civilización. Eso llevó a los dos sistemas a un callejón sin salida. La lucha ya no era por la supervivencia sino por la dominación completa y exclusiva.

Grupos como los gnósticos intentaron la solución por medio de la reconciliación. Había espacio en el mundo para más de una religión, y las instituciones espirituales que profesan objetivos idénticos deberían ser capaces de cooperar sin una segunda intención. Las instituciones paganas y cristianas deberían reconocer su mutua interdependencia y sacar inspiración unas de otras.

Las controversias intelectuales tienen poco efecto sobre los procesos naturales de la vida. Es imposible concebir un roble cristiano o pagano, o una puesta de Sol pagana o cristiana. Hombres de todas las religiones nacen, viven sus vidas, útiles o inútiles según su temperamento, y habiendo cumplido su duración, se marchan del teatro de este mundo a pesar de su creencia o incredulidad.

El jardín de los agricultores paganos florece con el cuidado apropiado, y el jardín del agricultor cristiano también es verde si él usa la misma industria. Ambos jardines decaen por el abandono. La lluvia cae sobre justos e injustos, y la creencia o la incredulidad no añaden nada a la estatura del hombre o al contenido de sus graneros. El dolor de estómago cristiano es tan doloroso como la dispepsia pagana, y los rezos de los infieles son contestados o quedan sin contestar exactamente lo mismo que las oraciones del intolerante más ortodoxo. ¿Por qué entonces deberíamos preocuparnos tanto por lo que creemos? La riqueza para nosotros mismos está en el hecho de que creemos.

Nuestra aceptación personal es la realidad de algo supremo y hermoso, noble y sabio. Eso es necesario para nuestra seguridad personal. El budista encuentra la paz en los lugares sagrados de su fe, el shintoísta es tranquilizado interiormente por una peregrinación a una montaña sagrada, el derviche encuentra a Dios por medio de bailes y canciones. Cada uno a su propio modo disfruta del beneficio del consuelo espiritual. No hay ninguna prueba en la Naturaleza en cuanto a cuál fe tiene la preferencia. Las controversias religiosas son peculiares del equipamiento intelectual humano. Los animales no tienen ningún interés en la teología pero obedecen las leyes de su especie, sacando su instrucción de la experiencia.

La religión es necesaria al hombre, pero las teologías competitivas no son ni necesarias ni deseables. El prejuicio religioso, la intolerancia religiosa y el fanatismo religioso son psicosis. Ellos son obsesiones irracionales, que desequilibran a la razón y que, de no ser corregidas, pueden conducir a la enfermedad mental incurable.

Hay mucha diferencia entre un sistema filosófico y un sistema teológico. La mayor parte de los filósofos están por naturaleza capacitados para el pensamiento abstracto. Su preocupación primaria es descubrir cómo funciona el plan universal mediante el simbolismo de la creación. Ellos no tienen ningún deseo de sellar ese plan con el sello de cualquier credo, sino que mediante su contemplación ellos descubren la grandeza del mundo. Esa grandeza se convierte en el código espiritual de ellos. Ellos están satisfechos con aceptar el principio universal moviéndose según una ley absoluta e inalterable. Su definición de la virtud es alcanzada por medio de la observación del funcionamiento de la ley sobre las sustancias de la Naturaleza.

Los filósofos pueden diferir entre sí, pero sus diferencias no les impiden mezclarse como seres humanos unidos por un reconocimiento común de su insuficiencia mental y un redentor sentido del humor. Sus actitudes pueden ser valoradas por la acomodación de sus exigencias; como dice una expresión familiar, "Desapruebo lo que dices, pero defenderé a muerte tu derecho a decirlo".

Los sistemas teológicos son especialmente deficientes en sentido del humor. De hecho, en la mayoría de ellos la misma felicidad es una forma moderada de herejía. Las religiones se acercan a las maravillas de la Creación de manera emocional más bien que mentalmente. En vez de aceptar el mundo tal como es, el teólogo siempre está tratando de describir el mundo en términos de lo que a él le parece que el mundo debería ser. Los filósofos y los científicos trabajan para llegar a conclusiones, pero la mayoría de los líderes religiosos trabajan a partir de conclusiones. Probablemente la dificultad es que las emociones son sumamente personales. Los reflejos emocionales provienen de nuestras propias reacciones ante las cosas que nos han ocurrido. Nuestras experiencias personales se convierten en la vara de medir de acuerdo a la cual intentamos adaptar los principios universales. Si hemos sufrido, el sufrimiento es el plan universal. Si hemos sido injustamente tratados, no hay ninguna justicia en el mundo. Al invertir los poderes divinos con personalidades como la nuestra, creamos un panteón de divinidades nerviosas, excitables, erráticas, inconsecuentes, incómodas, frustradas, neuróticas e inhibidas que dirigen el mundo con la misma carencia de capacidad que aquella con la cual administramos nuestros propios asuntos.

El filósofo Pitágoras definió a la Deidad como un ser infinito cuya alma estaba formada de la sustancia de la verdad y cuyo cuerpo estaba formado de la sustancia de la luz. Tal definición surge de una contemplación profunda y afable de lo hermoso y de lo bueno.

Qué diferente es esta concepción de la Deidad, que es bastante grande para sostener toda vida de manera impersonal e imparcial, del concepto de Dios de la teología. Un teólogo brillante declaró que la Tierra estaba dividida en treinta partes. Las razas y las naciones que habitan veintisiete de esas partes estaban condenadas a la perdición eterna porque ellas no pertenecían a su Iglesia. Tal declaración es tan obviamente irrazonable que tiene poco favor en nuestros tiempos más liberales.

Los conceptos de Dios en la teología han sido considerablemente examinados en el siglo pasado, pero diversas absurdas ideas falsas todavía persisten que mortifican al ciudadano privado y frustran el programa de unas Naciones Unidas. Si bien la mayoría de los modernos están inclinados a permitir que las diversas razas adoren como les plazca, esa emoción proviene de la indiferencia más bien que de un liberalismo iluminado. No hemos alcanzado todavía el grado de madurez por la cual podemos percibir como un hecho que los sistemas religiosos son esfuerzos simplemente humanos para interpretar un misterio divino. Es el misterio y no la interpretación el que es real. Si somos un pueblo normal, sano y floreciente, nuestras interpretaciones deben y deberían crecer y cambiar. Nosotros no somos herejes porque cambiemos de opinión. No somos infieles a Dios porque hayamos desechado viejas formas de creencias. El objetivo de la religión es el conocimiento interno del poder divino.

Ese conocimiento trae consigo una mayor medida de veneración y amor y un firme deseo de vivir de acuerdo a la belleza del plan divino. Los nombres y las sectas y los credos son importantes sólo mientras la naturaleza de la verdad misma no sea alcanzada. Cuando entendemos el principio, nos hacemos tolerantes de aquella variedad de formas que los hombres han construido en nombre del Sin Nombre.

Los gnósticos procuraron encontrar la tradición esotérica de las escuelas de misterio en la revelación cristiana. Ellos contaron la historia, la amplificaron, enriquecieron sus emblemas y figuras y aceptaron al Cristo cristiano como una forma del Eterno Héroe del Mundo. Para ellos Cristo era Dionisio, Osiris, Adonis, e incluso Buda. Siendo una secta filosófica, ellos buscaban los universales de la nueva fe.

Ellos no tenían ningún interés en un sistema eclesiástico, ya que comprendieron que ningún hombre puede ser salvado haciéndose adicto a una teología. El valor está en la experiencia del alma. Si el cristianismo pudiera otorgar una nueva dimensión a la convicción interna de la realidad, entonces sería importante. Esa importancia mereció el respeto y la admiración de todos los hombres reflexivos y sinceros. La nueva secta era valiosa por aquellas cosas en ella que eran eternas. Como innovación, carecía de valor. Ella debe justificar su existencia demostrando que participa de la tradición esotérica de las épocas.

Todas las escuelas filosóficas hicieron uso del simbolismo de un Sóter o sumo sacerdote del misterio interior de la salvación. Era evidente que en la secta cristiana Cristo era ese sóter. Se trataba de una creencia filosófica de que el universo fue creado por la sabiduría de Dios. Esa sabiduría fue revelada mediante el magnífico marco de leyes que mantienen el orden del cosmos.

En el sistema gnóstico, la sabiduría era el segundo Logos que surgió de la voluntad eterna que es el primer Logos. La voluntad emana la sabiduría, y la sabiduría, por su parte, engendra la acción del principio activo. La acción es el tercer Logos llamado el Espíritu Santo (Holy Ghost), representado por una paloma batiendo el aire con sus alas.

La palabra Ghost proviene de Geist, y en su forma original el término significaba un aliento o movimiento del aire. Nuestra palabra Gust [= fuerte corriente de aire], aplicada a una agitación de la atmósfera, viene de la misma raíz. El Holy Ghost o Espíritu Santo es el motor de la sustancia de la creación material. Así, tenemos una trinidad básica de voluntad, sabiduría y actividad.

En la filosofía gnóstica un énfasis especial es puesto sobre el principio de la sabiduría, que es considerada como el Salvador Universal y el mediador entre causa y efecto. La naturaleza de la sabiduría misma es un profundo misterio que implica mucho más que nuestra actual definición de la palabra. El principio de la sabiduría es un compuesto que consiste en dos cualidades unidas por una simpatía interna. Es la primera extensión de la unidad hacia la diversidad, y al mismo tiempo es el grado menor de aquella diversidad.

Es un error considerar la sabiduría, en términos de la Gnosis, como originada del intelecto o en sí mismo intelectual. La sabiduría no es del orden del pensamiento; es del orden del saber. El conocimiento es posible sólo mediante el establecimiento de una intensa simpatía entre el sujeto que conoce y la cosa conocida. El sujeto y el objeto deben estar ligados en un compuesto íntimo por una conciencia con experiencia. La sabiduría, por lo tanto, es una especie de unidad artificial hecha posible por el poder de la voluntad. Al igual que la piedra filosofal descrita por los alquimistas como un diamante artificial, la sabiduría es una sustancia esencial sintética perfeccionada por el arte. El aspecto de conocimiento de la sabiduría es la filosofía; es el poder de percibir la naturaleza divina, la voluntad divina, y el propósito divino en todas las estructuras, sustancias y procesos de la Naturaleza. La verdadera filosofía es una experiencia de conciencia para el descubrimiento de la verdad.

El aspecto de amor a la sabiduría, la Sophia de la Gnosis, es la religión o fe natural. La sabiduría es experimentada como un impacto emocional. Las realidades universales son sentidas y estimadas en términos de sentimientos que ellas estimulan dentro de la personalidad. El poder introspectivo del amor a la sabiduría, si es ejercido como el instrumento para alcanzar el estado de conocimiento, da origen a la experiencia perfecta de Dios y la Naturaleza.

Como es habitual con los grupos filosóficos, los gnósticos eran individualistas y opuestos a cualquier programa intenso de organización. La secta estaba compuesta por numerosos pequeños grupos cada uno dominado por uno o varios intelectuales con fuertes convicciones personales. El gnosticismo está formado por muchas escuelas encerradas dentro de un vago programa de integración con pocas restricciones sobre las convicciones y gustos de los miembros. Los círculos de pensamiento gnóstico aparecieron en la mayor parte de los países que lindan con el Mediterráneo. Cada uno de esos círculos contribuyó con ideas originales al patrón más grande del pensamiento gnóstico. Esos grupos de pensadores originales estaban bajo la influencia de los sistemas religiosos y filosóficos que florecieron en sus ambientes. La Gnosis era un objetivo más bien que un culto. Se buscaba a sí mismo en todas las estructuras de ideas que parecían extrañas o diferentes.

Por falta de organización los gnósticos no presentaron ningún frente unido, y carecieron de la maquinaria para reunir sus fuerzas contra cualquier enemigo común. En ese tiempo la creciente Iglesia cristiana era el enemigo de todos los movimientos paganos. Ella tenía la ventaja de reconocer la importancia —desde un punto de vista temporal al menos— de construir un sólido mecanismo interno. Las comunidades aisladas fueron reunidas bajo una autoridad eclesiástica unificada. A consecuencia de ese programa premeditado, la Iglesia estuvo en condiciones de imponer su voluntad, por la fuerza si era necesario, sobre las dispersas y desorganizadas escuelas paganas.

El gnosticismo se difundió mediante un proceso de crecimiento libre. Se desarrolló como una planta, extendiéndose según el impulso y sin conceptos dogmáticos. Era, por lo tanto, extremadamente liberal y, por constitución, no militante. Sufrió de las incertidumbres connaturales al liberalismo extremo.

Los gnósticos han sido considerados responsables del rápido desarrollo de la autoridad temporal de la Iglesia cristiana. Los Padres de la Iglesia anteriores al Concilio de Nicea unieron sus recursos para acabar con el Gnosticismo. Si ellos hubieran fallado, la Iglesia habría cesado en lo que a autoridad política se refiere. Los primeros obispos aprendieron la importante lección de que una religión debe ser organizada si desea sobrevivir como una institución temporal. Ellos aprendieron sus lecciones tan bien que la organización ha sido una consideración primaria desde aquel tiempo hasta el día presente.

Podría razonablemente preguntarse si la Iglesia tuvo alguna verdadera justificación para su programa de exterminar a los gnósticos. Desde un amplio punto de vista impersonal, la acción de los Padres de la Iglesia no puede ser justificada, pero de acuerdo a sus propias convicciones y creencias, sus acciones son completamente comprensibles. Los gnósticos aceptaron los conceptos cristianos de Cristo en su propio sistema, e interpretaron el misterio cristiano por medio de su elaborado sistema de mitología heterodoxa. Su cristología tomó el esplendor de las leyendas asiáticas y estuvo involucrada en una elaborada imaginación metafísica. A los Padres de la Iglesia les pareció que los filósofos paganos literalmente les habían robado su propia posesión más inestimable, el concepto de Cristo. Peor que eso, si algo pudiera ser peor, su Cristo estaba siendo interpretado para ser usado contra la misma Iglesia que fue creada para llevar adelante la causa de él. Tal situación era intolerable y requería medidas heroicas.

Los gnósticos posteriormente avergonzaron a la comunidad cristiana al rechazar la mayor parte del Antiguo Testamento, al cuestionar la inspiración de los Apóstoles, al negar la infalibilidad del clero, y seleccionando sólo a Pablo como una autoridad confiable. Esos críticos tuvieron la descarada audacia de seleccionar a su gusto desde el almacén del saber cristiano. Todo lo que ellos aceptaron perdió inmediatamente su apariencia cristiana ortodoxa, reduciendo a la Iglesia —así les pareció a ellos— a una secta menor entre los paganos.

Los devotos del cristianismo se indignaron y olvidaron sus propias perdurables diferencias para enfrentar ese desafío con cada medio disponible. Numéricamente abrumados y desorganizados, los gnósticos gradualmente se desvanecieron de la vista para sobrevivir sólo como elementos en posteriores sistemas de pensamiento. No es fácil valorar las verdaderas proporciones de una filosofía que sobrevive principalmente en los escritos de sus opositores. Podemos estar seguros de que ningún esfuerzo fue hecho para presentar al Gnosticismo de manera atractiva en los escritos de los Padres de la Iglesia. Además, los gnósticos perdieron la confianza de los historiadores paganos porque ellos incorporaron ciertos elementos del simbolismo cristiano en su propio sistema. Ellos fueron atacados fieramente por los platónicos griegos y egipcios, y quedaron sin ningún apologista informado. Incluso los fragmentos que han llegado hasta este tiempo han sido corrompidos en alguna medida por editores y traductores con antipatía hacia el Gnosticismo.

Ningún delineamiento del Gnosticismo estaría completo sin una consideración de Marción y las Iglesias marcionitas. Marción, que vivió en el siglo II d.C., se cree que fue un rico propietario de barcos de Sinope, que se convirtió desde el Paganismo y llegó a ser un influyente líder en la temprana Iglesia cristiana. Él viajó bastante y llegó a Roma aproximadamente en 140 d.C.Él era un pensador original e intentó instituír lo que él consideraba como reformas esenciales en la teología cristiana. Aunque él contribuyó generosamente a los fondos de la Iglesia, sus ideas fueron rechazadas con tal firmeza e intolerancia —como él la consideraba— que él derivó hacia el Gnosticismo sirio. Nunca desfalleció su determinación de reconvertir a la Iglesia cristiana a lo que él creía que era el evangelio puro, y llegó tan lejos como a crear una Iglesia propia que durante un tiempo amenazó la supervivencia de la Comunión romana. Marción fue uno de los primeros que reconocieron la inconsistencia básica que existe entre las enseñanzas del Viejo y del Nuevo Testamento.

Él criticó a los Padres por imponer las disposiciones mosaicas por sobre las enseñanzas morales y éticas del ministerio mesiánico. Si ambos libros —el Viejo y el Nuevo Testamento— tuvieran una santidad igual o incluso aproximada, sólo podría haber una respuesta, y ésa era que había dos dioses. Al dios del Antiguo Testamento Marción lo llamó el Dios justo, y a la persona divina del Nuevo Testamento él la llamó el Dios bueno. El Dios justo era un dios de ira y venganza que se sienta para juzgar sobre el mundo. Ese dios exigía ojo por ojo y diente por diente, y sólo la obediencia ciega, incondicional y completa de parte de su creación satisfacía a ese autócrata universal.

El Dios bueno, que era superior al Dios justo y que moraba más allá de la esfera del justo castigo, era un dios de amor y benevolencia. Él exigía de sus criaturas mansedumbre de espíritu, amistad, hermandad y el perdón de los pecados. Fue ese Dios bueno el que era el Padre de Jesucristo. De hecho, Cristo fue considerado como una encarnación o manifestación del amor y sabiduría infinitos del Dios bueno. Él había venido a este mundo para liberar dichas cualidades del despotismo de la ley inflexible y establecerlas en un ámbito de gracia.

En las doctrinas de Marción el apóstol Pablo era considerado como el único seguidor inmediato de Cristo que había experimentado el misterio de los dos Dioses. El evidente misticismo de las opiniones de Pablo encajaba admirablemente en ese patrón gnóstico. Lamentablemente, la doctrina de Marción presentaba dificultades que colapsaron cuando fueron analizadas por los instrumentos de la filosofía. Era difícil racionalizar un plan universal administrado por dos dioses motivados por objetivos contrarios. El alma humana, por ejemplo, fue creada por el Dios justo, y el espíritu humano fue redimido por el Dios bueno. Eso presentaba numerosas complicaciones. Requería que el hombre alcanzara un fin contrario a los propósitos para los cuales él fue creado e incongruente con su esfera de vida y experiencia. También presentaba un conflicto extraordinario en el delicado asunto de la redención.

Si suponemos que aquellos que aceptaron la doctrina de Marción llegaron al final a la unión con el Dios bueno, ¿cuál fue el destino de los objetores y disidentes e incrédulos? Si un hombre virtuoso elegía permanecer fiel al Dios justo, ¿cuál era su estado último o recompensa?. ¿Presidía cada una de las deidades un Elíseo y recompensaba a sus creyentes? De ser así, había dos cielos. Tal argumentación en sí misma era doctrinalmente absurda. Es imposible construir una fe que gane alguna fuerza numérica sin suponer que el incrédulo está destinado a una calamidad final. Las Iglesias marcionitas creían en su mayor parte que aquellos que seguían al Dios justo no encontraban ningún favor siquiera a los ojos de su Divinidad seleccionada, la cual los recompensaba por su lealtad sólo con la perdición. Se acostumbra culpar a Marción por haber promulgado una teología fantástica, pero, con toda verdad, la falta no es de él sino de los primeros Padres de la Iglesia. El error de él consistió en que tomó los escritos de ellos de dos caras y llegó a la única conclusión posible: que los dos Testamentos eran diferentes e incongruentes, y que cada uno enseñaba un concepto diferente de Dios. Si ambos fueran inspirados e infalibles, entonces debe haber dos Dioses.

Las contradicciones todavía existen, pero la teología las ha ocultado, y el creyente moderno no ha hecho ningún esfuerzo para examinar imparcialmente la sustancia de ese conflicto. El Dios que endureció el corazón del Faraón es todavía difícil de reconciliar con el Dios de amor descrito en las Epístolas paulinas. El propio Marción parece haber sido un hombre bueno y amable, sinceramente deseoso de sacar la doctrina de venganza de la dispensación cristiana. Sus comunidades atrajeron a muchas almas suaves y amables, y cuando el tiempo avanzó, ellas procuraron reparar la brecha en la naturaleza divina. Al final los marcionitas redujeron al Dios justo a un estado secundario, haciéndolo un sirviente y un instrumento del principio del bien. Es importante señalar que la inscripción más temprana encontrada en un lugar de adoración cristiana (320 d.C.) estaba sobre la entrada de un lugar de encuentro marcionita.

Los gnósticos continuaron influyendo durante un tiempo en el pensamiento cristiano en gran parte por medio de los seguidores de Marción. Los rastros de la secta deben ser encontrados tan posteriormente como el siglo X d.C. y las preguntas que Marción consideró fueron revividas en los años de la Reforma Protestante. Incluso hoy los principios de justicia y misericordia están por lo general en conflicto, en la práctica y también en la teoría.

El principal texto superviviente de los gnósticos antes del descubrimiento de los Códices de Nag Hammadi era la Pistis Sophia, que ha sido adjudicada, probablemente sin mucha justificación, a Valentino, quien también vivió en el siglo II. Al igual que Marción, él finalmente se separó de la Iglesia cristiana. Ciertamente la Pistis Sophia presenta el sistema de Valentino y debería ser atribuida al Gnosticismo Valentiniano. El manuscrito copto de la Pistis Sophia, conocido como el Códice Askew, está en el Museo Británico y ha sido atribuido al siglo IV d.C. Es posible, sin embargo, que sea algo posterior. Que el actual manuscrito presenta un importante material de comentario acerca de la temprana creencia cristiana, no puede ser puesto en duda.

Existe también la considerable probabilidad de que aquel manuscrito conserve leyendas e informes que circularon ampliamente durante los siglos IV y V. El texto indicaría que un avanzado grado de especulación metafísica se desarrolló en las comunidades cristianas. Una parte considerable del manuscrito tiene que ver con la instrucción esotérica dada a María Magdalena por el propio Jesús.

El gnosticismo es un poderoso vínculo entre el elaborado sistema filosófico de Asia y el misticismo de Siria y Egipto. Como tal, ofrece una enorme cantidad de material a los estudiosos de religiones comparadas y filosofía esotérica. También suministra muchos elementos que están ausentes en la historia cristiana, e implica la existencia de una bien formulada tradición esotérica bajo la superficie de la temprana teología cristiana.–

Autor: Manly P. Hall

Fuente: Editorial Streicher